Una vez, en los 90, cuando su pasaje por Peñarol, el flaco Menotti dijo que "los uruguayos aplauden más un trancazo que una moña".
Después, más acá en el tiempo, en pleno Mundial de 2002, un día antes del partido con Senegal, después que Víctor Púa comentara en la concentración de Samsung en Corea que para bajarle las revoluciones a la velocidad de los africanos "lo mejor es que tengamos la pelota", el "Chino" Recoba -genuino, sin recortes- reflexionó en voz alta: "¿Qué vamos a tener la pelota? ¡Los uruguayos no sabemos tener la pelota!"; y eso que él de eso, aún ya un poco gastado, sabe de sobra.
Pues bien, confrotando la actuación de Uruguay en el amistoso de ayer con ese par de datos de la memoria, se podría decir que lo de los celestes fue una verdadera reafirmación de la identidad de una selección que, jugando un fútbol moderno, sobre todo por su orden, por su perfil de equipo corto, sin gran distancia entre los de adelante y los del fondo, es fiel a las raíces de l fútbol uruguayo y su historia.
Por eso, hubo un momento en el que -ante el prolijo e incesante toque pausado de los holandeses- Egidio "se animó" a romper la línea de los volantes para salir a meter un trancazo limpio que encendió las palmas y los corazones en las tribunas.
Es decir, "la Celeste" ayer demostró que está madura, que -al menos este equipo, este grupo- no "se come la pastilla" de que el cuadro que tiene la pelota domina al otro.
Entonces, si Holanda toca, que toque, si Holanda mueve la pelota, que mueva la pelota. El tema es no dejar espacios, no salir a presionar al alto precio de dejar de ser un equipo sólido; y después, lo del fútbol uruguayo de toda la vida, incluso -por lo que uno vio, leyó y le contaron- en las épocas de oro: contragolpe, lo que no quiere decir pelotazo "a lo bobo" o, sino, mejor aún, salida perpendicular, directa, como ocurrió ayer, donde Holanda hizo lo que quiso con el balón, hasta donde lo dejó Uruguay, hasta donde pudo, pero de un repaso rápido surge que la selección local fabricó mayor cantidad de situaciones profundas que el vicecampeón del mundo.
Ahí, después que Egidio rompe la línea, tranca y gana la pelota, gira el tiempo y la vieja "Celeste", pasa a ser un equipo del siglo XXI.
Porque Suárez, Forlán y Cavani rotan y se entienden para caer por el medio, por afuera y para alternarse en las funciones de puntas y medio punta; y Cavani suele bajar para volantear por la derecha, lo que hace que la estructura del equipo modifique su figura.
En suma, un año después del Mundial y a días de la Copa América, esta "Celeste" puso y tiene las cosas en su sitio: es un equipo competitivo, capaz de jugar de igual a igual con el vicecampeón del mundo, con sus armas; fiel a la idiosincracia del fútbol uruguayo y a su historia.
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